A los 52, Betty toma la decisión más valiente: vivir su propia vida. Tras décadas priorizando a otros, se muda sola y reencuentra un amor del pasado. Empezar de nuevo implica enfrentar el miedo a decepcionar. Entre tropiezos, risas y lágrimas, descubre que la felicidad no tiene edad y que elegirse no es egoísmo, es necesario.